Hay días en los que la gastronomía deja de girar en torno al plato para convertirse en algo mucho más amplio, más humano, más tangible. El pasado 20 de abril, en Benahavís, esa sensación tomó forma con una claridad difícil de ignorar. La octava edición de ChefsForChildren volvió a reunir en Anantara Villa Padierna a algunas de las figuras más influyentes de la cocina española, pero esta vez el foco no estaba en ellos, estaba en los niños.

Más de 150, entre alumnos de los colegios Daidín y Atalaya y pequeños con enfermedades raras, ocuparon el centro de una jornada pensada para aprender, compartir y disfrutar sin artificios. Desde primera hora, el ambiente ya anticipaba algo distinto. No era el ritmo contenido de un congreso gastronómico al uso, sino una energía abierta, casi festiva, en la que la cocina se presentaba como un lenguaje común.
La mañana comenzó con un foro gastronómico que reunió a chefs e instituciones en torno a una idea que atraviesa todo el proyecto: la necesidad de educar en hábitos saludables desde la base. A partir de ahí, el evento se transformó. Los discursos dieron paso a la acción, y las cocinas —reales o improvisadas— empezaron a llenarse de manos pequeñas, curiosas, dispuestas a experimentar.


Bajo el lema “Comer sano es divertido”, los chefs cambiaron completamente de registro. Más de 65 cocineros llegados de toda España —con un impresionante despliegue de estrellas Michelin a sus espaldas— dejaron a un lado la complejidad técnica para acercarse a lo esencial. Recetas sencillas, ingredientes reconocibles, explicaciones directas. Brochetas, elaboraciones frescas, combinaciones accesibles. La cocina entendida como juego, como descubrimiento, como una experiencia que se comparte sin jerarquías.
En esos talleres, desarrollados con el apoyo de los profesores de Le Cordon Bleu Madrid y los alumnos de la Escuela de Hostelería de Benahavís, ocurrió algo especialmente valioso: la transmisión real del conocimiento. No desde la distancia, sino desde la cercanía. Los grandes nombres —Pedro Subijana, Ángel León, Elena Arzak, Martín Berasategui, Paco Morales, entre muchos otros— se movían entre los niños con naturalidad, acompañando, corrigiendo con suavidad, celebrando cada pequeño logro.
Esa convivencia entre generaciones, entre excelencia y aprendizaje, marcó el tono de toda la jornada.


Conforme avanzaba el día, el evento fue sumando capas. La presencia institucional reforzó la dimensión estratégica de la iniciativa. Representantes de la Junta de Andalucía, la Diputación de Málaga, la Mancomunidad de Municipios de la Costa del Sol Occidental y el Ayuntamiento de Benahavís coincidieron en subrayar el valor de un proyecto que conecta gastronomía, formación y compromiso social. No solo como gesto, sino como modelo de impacto real: desde la promoción del producto local hasta la construcción de identidad territorial a través de la cocina.
Al caer la tarde, el ambiente se transformó de nuevo. La luz, el ritmo, la puesta en escena. El jardín del anfiteatro acogió el cóctel previo, firmado por el chef ejecutivo del hotel, Manuel Navarro, mientras los invitados comenzaban a reunirse en torno a una expectativa compartida. El pan, con la firma del maestro panadero Domi Vélez, anticipaba ya el nivel de detalle de lo que vendría después.




La gala solidaria, uno de los momentos más esperados, desplegó todo el potencial de la alta gastronomía en su versión más emocional. Un menú degustación de ocho pases diseñado por referentes de la provincia de Málaga —Mario Cachinero, Benito Gómez, Mauricio Giovanini, José Carlos García, Diego Gallegos, Dani Carnero, David Olivas y Diego del Río— construyó un relato culinario que equilibraba técnica, producto y sensibilidad.
Pero incluso en ese contexto, donde la excelencia vuelve a ocupar su lugar natural, el sentido del evento permanecía intacto.
Toda la recaudación se destina a la Federación Española de Enfermedades Raras (FEDER), una entidad que agrupa a más de 400 asociaciones y trabaja para mejorar la vida de millones de personas en España. Su presidente, Juan Carrión, lo expresó con claridad: iniciativas como esta no solo ayudan a recaudar fondos, sino que dan visibilidad a una realidad que necesita ser contada, comprendida y apoyada.
En paralelo, el respaldo de patrocinadores y colaboradores —desde Porsche, Bodegas Emilio Moro o Joselito, hasta firmas como Acciona, Iberia, Harley-Davidson o Fundación La Caixa— evidenció otra de las claves del proyecto: la capacidad de sumar voluntades en torno a una causa compartida. También productores como Aquanaria, Balfegó, Emporium AOVE o Antonius Caviar aportaron sus productos a la cena, integrando al tejido gastronómico en una experiencia colectiva.




Sin embargo, más allá de las cifras, los nombres o el despliegue, hay algo que define realmente lo vivido en esta octava edición.
Lo resume Pilar Candil, directora de Lima Comunicación y alma impulsora de ChefsForChildren, cuando habla de una experiencia “profundamente humana”. Y es precisamente ahí donde todo encaja. En los gestos pequeños, en las miradas, en la naturalidad con la que los niños se apropian del espacio y lo transforman.
Al final del día, cuando las mesas se recogen y la intensidad se diluye, lo que permanece no es la perfección de un menú ni el peso de las estrellas Michelin. Es otra imagen, mucho más sencilla y, quizá por eso, mucho más poderosa: la de un niño que ha aprendido algo nuevo, que ha disfrutado haciéndolo y que, sin darse cuenta, ha empezado a construir una relación diferente con la comida.


(Fotos libres de derechos, cedidas para su difusión)




