Robert Procop, el diseñador de joyas de Angelina Jolie, presenta sus colecciones exclusivas en Gomez y Molina

Desde hoy, hasta finales de agosto tendremos el privilegio de acoger en Marbella las joyas, o mejor dicho, las obras de arte joyera, del gran diseñador y orfebre estadounidense Robert Procop.

Algunas de sus piezas únicas están expuestas y, por supuesto a la venta, en la joyería Gomez y Molina de Puerto Banús, que siempre tiene el mérito de lucir grandes firmas y colecciones únicas sobre todo en verano cuando suele haber una alta concentración de clientes internacionales de alto poder adquisitivo.

La oportunidad de conocer a Robert, ver y tocar sus obras y escuchar su trayectoria personal y profesional ha sido todo un lujo.

Robert Procop es californiano, hijo de un ingeniero industrial con una grandísima pasión por las gemas y piedras raras, pasión que desarrolla desde muy jóven trabajando para tiendas de empeños y para artesanos joyeros donde aprende a cortar las piedras con su propio estilo y una excelente manualidad.

Cuánto más rara sea la piedra, más se enciende la inspiración de Robert. Si la piedra es grande, consigue darle unos cortes muy originales obteniendo unos efectos de luz y profundidad inimitables, mientras con las piedras pequeñas lo que hace es juntarlas de una forma tan precisa que, si no le damos la vuelta, ni se nota el entramado.

Sus hoyas son preciosas por ambos lados y poder apreciar el minucioso trabajo manual de juntar cada encaje y piedra por el reverso de la joya nos deja totalmente fascinados. Ese efecto se percibe sobre todo en las pulseras y algunos colgantes que casi no nos atrevimos a sacarlos del escaparate (los precios pueden superar el millón de euros).

Robert nos confiesa de que a pesar de haber venido durante años a Marbella, es tras haber conocido a Miguel y Marina, que decidió aceptar la invitación a exponer sus creaciones: “Marbella y California son destinos muy parecidos, no solo por clima y territorio, sino por estilo, turismo y residentes”.

Inspirado por la naturaleza y por el reto de superación en realizar piezas únicas por color, brillo y corte, Robert viaja a los rincones más salvajes del mundo (Colombia, Sri Lanka, Tailandia, Namibia) para buscar las piedras mejores y las más raras y se las lleva así en bruto. Esa es una de las principales diferencias entre un artesano de la joyería y una industria joyera, aunque de lujo y prestigio. Robert no tiene un plan de producción, no tiene objetivos de números, ni de tiempo, ni de facturación. Primero se asegura las mejores piedras naturales y luego empieza a plasmar formas.

Gracias a su pasión, maestría y creatividad, según las piedras o los diamantes que tenga en sus manos, elige la pieza a realizar. Puede hacer unas 500 piezas al año, pero para alguna de ellas puede tardar hasta 10 años en terminarlas y el resultado es evidente. Sin palabras.

Comprar una de sus joyas es un proyecto de inversión: como comprar una villa o una obra de arte: es para siempre, para pasarla a los descendientes o quizás para guardarla secreta en una colección privada. De hecho, sus clientes son grandes inversores, familias reales, nobleza, presidentes de gobiernos, actrices como Angelina Jolie o Brooke Shields.

Y efectivamente, cuanto más vamos tocando sus pulseras, colgantes o pendientes, entendemos la eternidad esas creaciones. Son piezas sin tiempo, que podrían estar adornando el cuerpo de una mujer europea como rusa, árabe o india, con el mismo efecto de preciosidad.

Piezas que podrían llevarse para una situación especial de protocolo o etiqueta, pero quedarían espectaculares también con unos vaqueros estilosos o para el día a día de una mujer con gusto y elegancia, de cualquier edad.

La producción de Robert Procop es muy limitada, con el trabaja su hermana y su sobrina, a parte de un equipo de unas 12 personas y colabora con unos cuantos talleres artesanos entre EEUU y Paris.

Sus ojos se iluminan cada vez que nos cuenta la historia de cada “masterpiece” que realizó, nada es casual, ni por encargo, todo lo que hace sale de su corazón. Aguamarinas, zafiros, rubíes, esmeraldas, de las intensidades más diferentes, enmarcados en platino, oro rosa, amarillo, casi como si fluctuaran en la piel.

Su reto es buscar las piedras en países con condiciones difíciles pero siempre con el máximo respeto del medio ambiente y de las poblaciones locales. El efecto de luz y color que la industria de las joyas consigue con piedras sintéticas, Robert lo supera con el 100% de piedras naturales y eso, más que la mano de obra, establece el valor económico de sus creaciones.

Manualidad, investigación, tecnología y amor es lo que hace de Robert un maestro joyero entre los más apreciados al mundo. Pero también su alma filantrópica le distingue: en los últimos 25 años ha cambiado la vida de miles de mujeres y niños.

Destina sus beneficios principalmente para ayudar niños, para su educación y protección. Por ejemplo ha construido 14 casas para mujeres y niños maltratados a través de la Casa de Ruth de Los Ángeles. Además, junto a Angelina Jolie realizó la colección “Style of Jolie” que destinó el 100% de sus ganancias a la educación de niños en zonas de conflicto.

“La filantropía es el 50% de mi vida … desde cuando era joven tengo la suerte de poder ayudar a las personas”, dice Procop y el brillo en sus ojos nos confirma que no es solo por sentido de responsabilidad social, sino que lleva la generosidad en su ADN.

Aunque no podáis comprar una de sus joyas, os aconsejo de ir a verlas, saldréis enriquecidos y emocionados, porque sin lugar a dudas, la belleza que desprenden es insuperable.

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